Los canaperos
Aquella señora de sesenta y muchos años, vestía un traje usado pero limpio y sin arrugas, se tocaba con un sombrerito gracioso y discreto; de su antebrazo colgaba un pequeño bolso de piel lustrosa con cierre y guarniciones de latón bruñido. Lucía pocas joyas pero su porte era digno. No hablaba con nadie, contemplaba las esculturas sobre sus pedestales mezclada entre los asistentes. Iba de una a otra, las rodeaba, se retiraba y acercaba a ellas, colocaba la mano derecha bajo su barbilla, la izquierda sobre el codo derecho, y asentía… Como una entendida, manifestaba su crítica con discretos gestos de aprobación, también rozaba con sus dedos, muy delicadamente, las superficies de bronce; de vez en cuando miraba furtivamente a los demás asistentes.
Tal exceso de interés llamó mi atención, me acerqué a Sonia, la joven encargada de la galería, y le indiqué con la mirada que yo no conocía a aquella señora que ponderaba en solitario y silenciosamente mis trabajos. Ella sonriente me dijo: “Es doña Juanita, hoy ha venido sola, a veces acompañada de dos amigas; esperará unos minutos más y si no hay invitación, se marchará enseguida”. Efectivamente, cuando la señora comprendió que no había convite, se marcho como había llegado, discretamente y sin despedirse de nadie. Ocurría en Madrid, en plena “Movida madrileña”, donde exponía mis trabajos. Entre los asistentes, que yo sí había invitado, se encontraban varios paisanos, entre ellos nuestro ya desaparecido tonadillero, de voz aterciopelada, Tomás de Antequera; también Paco Clavel, con su peculiar indumentaria. Pero esta anécdota podría haber ocurrido en cualquier otro lugar.
Se ha dado en llamar “canaperos” a las personas que asisten a cualquier evento sociocultural con la sola intención de participar en la degustación de aperitivos y bebidas con los que, en algunas ocasiones, se obsequia a los asistentes de estos actos. Muchos no tienen el más mínimo interés por lo que allí vaya a desarrollarse, sea conferencia, concierto, presentación de un libro y, sobre todo, exposiciones de arte. Unos lo hacen por el simple hecho de llenar la andorga gratis, son verdaderos profesionales del canapé. Están al tanto de los eventos, se aderezan con sus mejores galas y se presentan con el propósito de volver a casa cenados a sabiendas que, a cambio, deberán aguantar estoicamente el parlamento correspondiente. Otros, como el caso de doña Juanita, estoy seguro que, tristemente, asisten por verdadera necesidad… Los más avezados, incluso, exploran el territorio, si no hay mesas expositivas ni atisbo de un posible convite o vino de honor, se marchan sin más. Cuando, en otras ocasiones, son los empleados al efecto los que dispensan, en bandejas, los aperitivos y bebidas, los más duchos se colocan en la puerta de salida de los dispensadores y los abordan sin recato, de tal forma que los demás asistentes se quedan en blanco. El inefable y polifacético Julián Cerceda, “Chatarroescultor” como él se autodefine, siempre asistía a todos los actos, eso sí, con o sin ágape. Pero cuando lo había, comentaba con regocijo: “Hoy sí tenemos vino de Eleonor”.
En una de mis primeras exposiciones en la casa de cultura de nuestra ciudad, mi mujer preparó unos aperitivos caseros acompañados, obviamente, con vino del lugar, para convidar a los que tuvieron la amabilidad de honrarnos con su presencia, que no fueron pocos. Se encontraba entre los asistentes (nunca faltaba hasta que falleció), mi estimado, orondo y patilludo, Antonio Brotóns Sánchez; cronista de la ciudad, crítico de arte y buen bodeguero. Nunca le agradeceremos lo suficiente su desinteresada, eficaz y encomiable labor de ensalzar la cultura y el nombre de Valdepeñas. En mis comienzos siempre me obsequió con una crítica positiva y, quizás, benevolente en demasía.
Pero una debilidad de Antonio era el buen comer. Antes de marcharse, se acercó para felicitarme: “Muy bien, Pepe, todo muy bien, pero lo que más me ha gustado ha sido el pisto, felicita a tu mujer de mi parte; luego vendré a ver más despacio la exposición”.
Volvió al día siguiente y adquirió una de las piezas expuestas, “Moza del cántaro”, uno de aquellos pequeños y queridos bronces que, a la sazón, yo fundía personalmente en un rudimentario horno construido por mí. Seguro que la escultura aún se encuentra en posesión de sus familiares.