La talla en madera (I)

Hace bastantes años, un hortelano de avanzada edad, conocido mío, me ofreció, para mi trabajo un añoso manzano que pensaba arrancar de su huerto, porque, según me dijo, era más viejo que él y, exhausto, se había cansado de dar frutos, además algunas ramas habían empezado a secarse. Como era verano, le rogué que esperara a la estación fría. En esa época, la cantidad de savia que circula por los vasos, se reduce al mínimo en el árbol y es cuando se lleva a cabo la corta o tala, evitando así, el agrietamiento de la madera en el proceso de secado. Cuando llegó el invierno y para evitar esfuerzos al anciano horticultor, tomé un hacha del taller de mi padre y me fui a cortar el viejo manzano, pensando qué figura potencial dormiría en su interior leñoso y si yo sería capaz de despertarla. También reparé en la bondad de aquel árbol que, tras varias décadas de dar fruto, ahora viejo, entregaba su madera. El frutal no era muy grueso, lo corté por la base del tronco, dejando el tocón y las raíces para que las arrancara el burro que tiraba del arte de la noria que, en el caluroso verano, regaba la huerta. El amable hortelano me regaló con aquel tronco un refrán en forma de cuarteta, pues él sabía que yo no lo arrojaría al fuego: « En los árboles del campo / existe una distinción: / unos para tallar santos / otros para hacer carbón». Agradecido por ambos regalos, le comenté que incluso en el carbón, hay que hacer distinciones. El mejor para calentar procede de la madera de encina, en lo que estuvo de acuerdo. Pero le dije que para forjar el cobre, el adecuado es el de madera de haya, da menos calorías y no quema ni mancha a este hermoso metal anaranjado. También le comenté que el carboncillo para dibujo, procede de ramitas carbonizadas de sauce llorón, tilo o abedul. De aquel tronco de manzano, después de curado y saneado, obtuve madera para tallar una pequeña “Eva” y las tablas para una arqueta gótica, en cuyas caras exteriores realicé pequeños bajorrelieves.

Quizás la madera ha sido el material más versátil que existe para adaptarse a las múltiples necesidades del hombre a lo largo de su existencia. Su mejor cualidad estriba en que es renovable, pero el instinto depredador del ser humano, quema, tala, especula, arrasa e impide que dicha renovación se lleve a cabo.

Sería imposible e innecesario, enumerar aquí, los ámbitos en los que la madera ha sido y es protagonista; por citar algunos, este maravilloso material se utilizó y se utiliza en: carretería, carpintería, ebanistería (ébano), tonelería, tornería, arquitectura, ingeniería (puentes, molinos, ferrocarriles,), navegación, aviación, modelos para fundición, instrumentos musicales, deportes, juguetería y un largo etc. Como dato curioso y divagando un poco, en la Edad Media, la madera de tejo era muy codiciada para la fabricación de arcos. En la famosa batalla de Crécy (1346, Guerra de los cien años,) el ejército francés, muchísimo más numeroso que inglés, cargó varias veces contra éste, siendo diezmado sistemáticamente por los arqueros ingleses, situados a 200 metros de distancia. 7.000 arqueros (con el “Longbow” de dos metros), lanzaban una lluvia mortal de 100.000 flecha por minuto. A la sazón el gobierno ingles de Eduardo III, no descuidaba mantener a punto la maquinaria diplomática y otros subterfugios para conseguir que el suministro de madera de tejo, procedente en su mayor parte de España, no quedara interrumpido.

En escultura, la madera, con el mármol y el bronce, han formado el trío clásico de materiales empleados en esta disciplina. Después, la escultura ha ido abriendo sus puertas a otros elementos y materias de distinta índole e incluso, las más insospechadas.