Los acordeones, guitarras, bandurrias, laúdes, castañuelas, cÃmbalos y otros instrumentos, rasgaban aquel aire lÃmpido. Jotas, seguidillas, fandangos y otras alegres danzas, eran interpretadas por la rondalla del pueblo con ritmo bien acompasado. A estas piezas musicales, un coro de agradables voces ponÃa antiguas y divertidas letrillas, algunas picantes: “…niña de mis amores// si me das lo que guardas// bajo las faldas// te traeré flores…†o de doble intención: “…para darte calor moza // si tú quisieras // te meterÃa un buen leño// en tu leñera…â€. Los danzantes ataviados con los multicolores trajes tÃpicos, se movÃan y evolucionaban al unÃsono, con precisión y agilidad de felinos. La limoná desataba las lenguas de los zamujos y movÃa los pies de los más torpes; la presencia de Baco se hacÃa cada vez más patente. Algunas parejas de jóvenes, con el pretexto de recoger flores para hacer guirnaldas, se iban alejando disimuladamente hasta las olivas con el fin, cosa natural, de enfriar los ardores y fogosidades primaverales. La gente bailaba, gritaba y reÃa en un mareante remolino de bullicio alegrÃa y color, como en la feliz Arcadia de Virgilio o la magnÃfica y expresiva tela de Rubens “La kermesse†(Louvre).
A media tarde se procedió a sacar el santo, la gente se colocó a ambos lados del recorrido acostumbrado. La imagen sobre andas y a hombros de los que habÃan pujado más alto para llevarla; el párroco y los monagos detrás, a continuación los músicos interpretando una pieza, como no podÃa ser de otra manera, polivalente que lo mismo era útil para un entierro de la sardina o funeral, para una boda, un cumpleaños o cualquier acto social. Alguien gritaba: ¡Viva el Santo de los majuelos! Y todos respondÃan, al unÃsono, el consabido: ¡¡Viva!!
El tÃo Lorenzo, apreciado por todos y más conocido por el tÃo “Albinoâ€, no era tal, pero asà llamado por el color blanco nÃveo que, a temprana edad, tomaron los cabellos y barba, antaño rubios. El color de su cara y calva era colorado; de por sÃ, y por la afición que sentÃa hacia el oloroso vino que él mismo elaboraba con esmero en su pequeña bodega; siempre comentaba, no sin razón: “¡Coño, digo yo que el guarda de la viña tiene derecho a comer uvas!â€. Era corpulento, de gran estatura, solterón o, como suele decirse, mozo viejo porque frisaba el medio siglo y vivÃa con su anciana madre. Aparentemente no habÃa “conocido†mujer pero lo cierto era que, al igual que el remoto tÃo Saltabardas, habÃa tenido sus asuntillos de enaguas. Ahora daba consuelo a una cuarentona y lozana viuda que vivÃa en una aldea cercana aunque, como caballero que era, procuraba mantener en secreto.
En el campo, siempre portaba una larga y muy derecha vara de almendro que movÃa con parsimonia. En los dÃas plomizos y lluviosos del otoño, abrigado con su anguarina hasta los pies y caminando por las veredas, hubiera podido confundÃrsele con un anacrónico patriarca bÃblico. Durante toda la mañana, habÃa estado visitando las mesas de los vecinos y no habÃa despreciado, “por no hacer feos a nadieâ€, un solo trago de invitación. Ahora bien, cuando el tÃo Albino libaba en demasÃa el néctar de las cepas, perdÃa parte de su fachada y compostura; se transmutaba en alegre Sileno, bromista, socarrón y con seductores aires de sátiro que a muchas mujeres solteras y algunas casadas suscitaba oscuros deseos, pues no carecÃa de atractivo.
DiscurrÃa la procesión mientras el tÃo Albino esperaba que llegase a donde él se encontraba. Firme, con un imperceptible balanceo disimulado por el apoyo que recibÃa de su vara. Cuando el santo llegó a su altura, se santiguó, tomó la actitud de un santo varón, lo miró sonriente y le dirigió estas palabras con recia voz: “¡Gracias te damos, Santo de los majuelos, por la benefactora concesión de abundantes lluvias y consiguientes frutos para esta tierra; esperamos que tu comportamiento hacia nosotros, tus fieles, sea igualmente propicio, benevolente y generoso el año que viene!â€. Al terminar la improvisada oración, dio un golpe con la vara en la espalda de la imagen, en señal de agradecimiento, camaraderÃa y complicidad. A los pocos segundos ocurrió lo imprevisto…











