El pintor de brocha gorda (I)

Primavera, 11 de mayo de 1915, batalla de Carency en la antigua provincia del Artois, norte de Francia. Las ametralladoras tableteaban con especial furia, los contendientes escondÃan sus cuerpos tras las trincheras y sacos terreros, nadie osaba elevar la cabeza más de lo debido por temor a ser alcanzado mortalmente por un silbante proyectil. En aquel infierno de Dante y en una trinchera de
Georges Braque (1882,Argenteuil sur Seine-1963, ParÃs), HabÃa nacido entre artesanos pintores, su abuelo y su padre lo habÃan sido; él los ayudaba y no solo pintaba casas por dentro y por fuera, sabÃa retocar el empapelado de una pared hasta dejarlo como nuevo, imitaba a la perfección las vetas del mármol o la madera y convertÃa una pared enlucida en convincente imitación de ladrillo, dominaba el arte de pintar una falsa puerta o simular un hermoso artesonado de roble, transformaba con pericia un tosco suelo de madera en un hermoso parqué; desde el principio demostró aptitudes extraordinarias para la pintura.
Pero la fama no se la dio su habilidad para copiar la naturaleza sino por todo lo contrario: creó un universo de volúmenes y tonos organizándolos geométricamente para producir nuevas formas armónicas en abstracto. El joven Braque decidió firme y decididamente pasar de artesano a artista, para lo cual, dejó su terruño y marchó a ParÃs. La academia le parecÃa tediosa, cargante y presuntuosa pero con gran paciencia se quedó allà dos largos años, copiando a los clásicos para aprender su técnica.Entre tanto, joven, lleno de energÃa vital y en el ParÃs del incipiente siglo XX, sumun, cenit y cúspide del arte, capital de la bohemia y hervidero de artistas, Braque hacÃa amigos. Era alto, fornido, buen boxeador, nadador y ciclista; también era callado, no gustaba de alardear, pero si la ocasión lo requerÃa, era capaz de convertir una reunión insulsa en alegre parranda, cantando canciones populares acompañándose de la guitarra o la acordeón.
Abandonó la academia y comenzó a pintar solo, al principio obsoletas impresiones naturales, después, paisajes con atrevidos y brillantes colores. Esto no lo satisfizo. Meditó sobre sus aptitudes para captar con facilidad la belleza del paisaje o el rostro de una mujer con asombrosa fidelidad, pero resolvió que el artista no debe detenerse ahÃ: además de imitar lo observado, debe crear algo distinto, algo nuevo.
Se encontraba en estas reflexiones cuando conoció al joven Pablo Picasso que, a la sazón, ya estaba instalado en la ciudad del Sena. Aquel encuentro supuso un giro, un quiebro en la historia del arte: con ellos nació lo que hemos dado en llamar arte moderno. Aunque otros también contribuyeron en el trabajo de allanar el camino, estos dos fueron, en gran parte, sus jóvenes y dinámicos progenitores.











